Por: Santiago Dussán López – Pte. Sociedad Colombiana de Arquitectos Caldas
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La región cafetera siempre se ha destacado por su riqueza arquitectónica y su armoniosa integración con el paisaje. Desde las cumbres nevadas y los páramos cubiertos de frailejones hasta los cultivos de papa y la ganadería, esta región ofrece un impresionante contraste natural. Se encuentran bosques de niebla, quebradas, cultivos de café, palmas de cera y bosques maderables, junto con tierras cada vez más destinadas al cultivo de aguacate y guaduales que se extienden hasta las orillas del río Cauca.
No es necesario enumerar todas las riquezas en fauna, flora y recursos naturales de este territorio, pues abarca casi todos los pisos térmicos, desde los valles del río Cauca hasta los más de 4.000 metros del Nevado del Cumbal. Sin embargo, lo más sorprendente es que, pese a esta diversidad, el bahareque logró imponerse como el sistema constructivo predominante, adaptándose a las distintas condiciones geográficas y climáticas con gran versatilidad.
La arquitectura cafetera, con raíces coloniales, muestra una evolución notable del barro, material usado desde tiempos prehispánicos, hasta convertirse en la base de ciudades enteras. Las edificaciones con patios internos, inspiradas en la arquitectura mozárabe española, se convirtieron en un sello distintivo. Elementos como el patio antioqueño, el centro de manzana cafetero y el zaguán fueron refinados dentro de este sistema estructural. Su máxima expresión se encuentra en la Escuela Juan XXIII de Manizales, la edificación en bahareque más grande del mundo, aunque hoy enfrenta un incierto futuro por la falta de financiamiento para su restauración.
El debate entre preservar y evolucionar sigue dividiendo opiniones en la región. Aunque el bahareque es un sistema constructivo único en el mundo, su adaptación varió según cada zona, generando soluciones empíricas que respondieron a las diferencias térmicas y geográficas. Su legado es indiscutible, pero su evolución podría abrir nuevas posibilidades en la arquitectura y el turismo regional.
Poner en valor nuestro patrimonio arquitectónico ha permitido a la región ocupar un lugar destacado en la agenda turística del país. No obstante, la arquitectura neo-vernácula, que fusiona técnicas tradicionales con innovaciones contemporáneas, ofrece una nueva perspectiva alineada con las tendencias globales sin perder la esencia local.
Incluir estos enfoques en los debates académicos y profesionales podría transformar no solo la agenda turística, sino también el desarrollo urbano. Ejemplos recientes, como la aplicación de nuevas técnicas en hoteles, glampings, peajes y edificaciones de culto, han despertado curiosidad y evidenciado el potencial de esta evolución arquitectónica.
Actualmente, varias edificaciones con estos conceptos están surgiendo en la región. Oficinas de diseño trabajan en la evolución de los sistemas constructivos desde el norte del Valle del Cauca, donde el barro es protagonista, hasta Quindío, Risaralda y Caldas, donde la guadua y la madera cobran mayor relevancia. Estas iniciativas reflejan una nueva intención: celebrar la arquitectura neo-vernácula, la cual marcará una nueva etapa para el turismo en el Eje Cafetero.